Luis Rafael Sánchez abre las puertas de su cotidianidad
El escritor abre las puertas de su cotidianidad: habla de la amistad, la familia, el único arrepentimiento de su vida, la timidez que aún lo acompaña y la mirada sensible con la que sigue encontrando belleza
- El Nuevo Día
- VÍCTOR RAMOS ROSADO victor.ramos@gfrmedia.com
El maestro espera sentado. La camisa amarilla que lleva puesta como chaleco sobresale cual rayo de sol en la penumbra íntima del restaurante.
Es el mediodía de un viernes, periodo efímero y universal del almuerzo, y el lugar comienza a llenarse. Pero allí, sentado entre todo el ruido, está él, tranquilo, observando en silencio: centinela de la cotidianidad: cronista de los gozos y tristezas de corazones colonizados: sembrador de palabras puertorriqueñas.
Don Luis Rafael Sánchez alza la mirada y sonríe, listo para conversar.
Prefiere los lugares como este, sitios donde pueda sentarse y estar en paz, donde no haya ajoros, donde el servicio sea bueno y la comida se sirva muy, muy caliente.
Queda claro de inmediato su familiaridad con el espacio. Los empleados se le acercan y lo saludan con cariño, los conoce a todos por sus nombres, les pregunta por sus familias.
Camareros, meseros y cocineros, todos, salen momentáneamente de sus estaciones para llegar hasta el hombre e intercambiar palabras breves con él. Luis Rafael los recibe a todos, los escucha con atención, ríe con ellos.
Mientras esto pasa, comienza a hablar sobre cómo un percance un tanto cómico casi le impide llegar. No podía abrir el portón de su casa por una aparente testarudez del control remoto que usa para ello. Intentó de varias maneras, pero nada funcionaba. Estaba a punto de rendirse.
Pero entonces pasó un pequeño milagro –digamos que un milagrito–, un vecino le abrió el portón. Así, Luis Rafael logró salir de su hogar sin saber cómo exactamente lograría entrar de vuelta al regresar.
Cuando acaba la narración de su desventura mañanera, una dama se levanta de una mesa cercana y se acerca tímidamente.
“Perdóneme, solo quería venir un momento a saludar. Soy la presidenta de su ‘fan club’”, le explica.
Luis Rafael la observa cálidamente y comienza a levantarse de la mesa.
“¡No se me vaya a levantar!”, le dice la mujer. “No tiene que hacerlo, por favor”, añade, con modestia.
La respuesta de Luis Rafael es tan caballerosa como severa.
“¿Cómo que no? Ante una dama uno siempre se levanta”, le responde, de pie, y agarra la mano de la mujer entre las suyas.
“Usted es nuestro orgullo”, dice la dama, mirando al escritor a los ojos. “¿Podríamos tomarnos una foto?”.
El escritor accede y la presidenta de su “fan-club” le hace señas a otras mujeres sentadas en su mesa, otras integrantes del club, que se acercan para fotografiarse junto a Luis Rafael.
Luis Rafael después regresa a su asiento, con la intención de continuar su conversación, pero otra breve interrupción se lo impide. Aparece en escena el billetero: el vendedor de lotería tradicional al que le compra regularmente.
El hombre se acerca con las enormes hojas llenas de números y le muestra la selección al escritor quien, sin mucho trabajo, elige uno y compra la hoja entera.
“Esta semana va a ser bendecido”, le dice el billetero, con una sonrisa de buena gente. “Todas las semanas me dice la misma mentira, parece el hermano perdido de Pinocho”, le responde Luis Rafael, y las voces de los dos hombres se unen en un concierto a dos voces de carcajadas.
“Me gustan más los restaurantes donde yo me siento yo”, dice el escritor, una vez ha terminado la transacción.
UN HOMBRE TÍMIDO
Habla, entonces, sobre su familia. Recuerda a sus padres y a sus hermanos. Repasa algunos de los momentos iniciales de su vida. Habla de su muy amado sobrino y lo mucho que lo quiere.
A pesar de su popularidad y la importancia de su obra, Luis Rafael se reconoce como un hombre un tanto tímido. Detesta los excesos de cumplidos y deferencia, admite que lo “pasman”.
Se ha resistido a lo largo de su vida a las tecnologías más allá de las estrictamente necesarias. Prefiere la gentileza de lo simple, en un mundo arropado por la indiferencia de lo difícil.
Este año se conmemora el aniversario número 50 de su obra más famosa, “La guaracha del Macho Camacho”, novela amada, admirada, odiada, criticada, mal entendida, y perfecta. Jamás pensó que su libro tendría el alcance que tuvo.
–¿Quería usted decir algo sobre la sociedad puertorriqueña en ese momento?
-“Sí, sobre todo porque fue un momento en el que el país estaba empezando a descomponerse, como en la víspera de la descomposición. Yo creo que a mucha gente no le gustó. Se vendió mucho. Salieron varias ediciones. Vino la traducción…”
Pero algo más importante llama su atención. Un par de mesas más adelante, un padre cena con sus hijos. Chicos vestidos en uniformes deportivos, uno de quizás 12 años, el otro de no más de 10. El más pequeño tiene su cabeza recostada sobre el hombro del otro, y el mayor tiene su cabeza pegada a la de su hermano. La escena conmueve a Luis Rafael, que se detiene a mirarla como si se tratara de una pintura.
“Mire cómo tan hermoso está ese hermano confortando al otro…”, dice, y hace un breve silencio contemplativo.
La mesa del padre y los niños llamará su atención a lo largo de toda la conversación. Él mismo no tuvo hijos, pero imágenes como esa, las de una paternidad afectiva y sensible, le parecen verdaderamente bellas, y cuando las encuentra, no puede evitar admirarlas.
VIDA EN PLENITUD
La vida de Luis Rafael Sánchez ha sido una llena de grandes aventuras.
Ha viajado y presentado su escritura en varias partes del mundo, ha sido amigo y colega de grandes escritores del llamado “boom”, como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, por nombrar solo algunos, y ha sido camarada y compinche de muchísimos autores puertorriqueños como Ana Lydia Vega y Magali García Ramis.
Ha sido un propulsor ávido y consciente de escritores de nuevas generaciones, como Ana Teresa Toro, Mayra Santos Febres, Cezanne Cardona y Manolo Núñez Negrón. Ha sabido ser el escalón que permite a otros subir, y ha sabido serlo bien.
Es quizá por eso que ha cultivado tantas grandes amistades. Ese amor lo alimenta, le da vida. Compartir con sus seres queridos, personas que lo han acompañado la mayor parte de su vida, es su ancla al mundo. Ama conversar, ama aprender cosas nuevas, ama apreciar la vida misma.
AMISTADES PROTECTORAS
Cuenta cómo sus amigos lo cuidan y el cariño profundo que le tienen, cariño que les ha llevado a situaciones divertidas e incómodas.
Recuerda una vez que un amigo le ofreció, o más bien decidió por él, que lo llevaría a su casa luego de un evento al que había llegado un poco ajorado y sin transportación. En ese mismo lugar, se encontró con otro amigo que al verlo, también se ofreció a llevarlo. Cuando el primer amigo escuchó el intercambio, no tardó en recordarle a Luis Rafael que ya había un acuerdo entre ellos.
“Se me acercó y me dijo, ‘recuerda que te voy a llevar yo, que ahora todo mundo no se vaya a ofrecer a llevarte’. Y yo le dije que no fuera celoso”, relata, sonriendo.
–Se le puso tóxico, como dicen en estos días. -“No sabía que se dice tóxico”, responde, curioso.
–Sí, cuando tiene a una persona así, un poco controladora, le dicen ahora que son cariños tóxicos. Así que se puede decir que su amigo se le puso un poco tóxico.
-“¡Se me puso mucho tóxico!”, corrige. “Pero yo no conocía esa categoría, me hubiera salvado. ¡Qué genial! El problema fue que me lo dijo tan serio, me trató como propiedad. Me lo dijo en un tono tan macharrano”, explica y termina riendo.
El restaurante ha comenzado a vaciarse. La intensidad del mediodía se ha fraguado hasta quedar todo como un mar tranquilo. El padre y los niños de la mesa de más adelante ya han partido.
Esa estampa hermosa, que quizá le parezca lejana, es, de cierto modo, un reflejo de su vida como tantos otros la ven: gran milagro ese –digamos que un milagrote–, el de ser padre de toda una literatura, el de ser padre de tantos y tantos escritores, el de ser el padre afectivo y amoroso del escribir en puertorriqueño.
Y allí, en el silencio creciente del salón, Luis Rafael Sánchez, como un rayo de luz solar, sobresale de entre la penumbra, como diciendo con potencia bíblica que aquí sigue y seguirá la luz, hecha persona.
“Se me ha ocurrido en varias ocasiones que algún día tengo que escribir de eso”, comenta de repente, en voz baja. “De los celos de los amigos”.
Entonces, alza la mirada y sonríe.
“Fue un momento en el que el país estaba empezando a descomponerse, como en la víspera de la descomposición. Yo creo que a mucha gente no le gustó. Se vendió mucho. Salieron varias ediciones. Vino la traducción…”
LUIS RAFAEL SÁNCHEZ AL HABLAR SOBRE “LA GUARACHA DEL MACHO CAMACHO”
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